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Polonia siempre en Europa

Hace mil años, en el periodo inicial del estado polaco, fue sellada la pertenencia de nuestro país al área de la cultura europea. Con interrupciones, estos vínculos se han mantenido durante todo el milenio, unas veces más debilitados, otras con mayor solidez.

A la vez se ha producido el continuo progreso de la civilización, el desarrollo de la ciencia, la cultura y la arquitectura, de los conocimientos agrícolas y artesanales y, en fin, el extraordinaro desarrollo de la industria, las nuevas tecnologías, las ciudades, los servicios, el turismo, los contactos comerciales, la motorización y la informática. La mayoría de estos logros de la civilización tienen su origen en Europa. Polonia siempre se ha beneficiado de ese patrimonio de la cultura occidental, pues debido a su situación ha sido una especie de puente entre el este y el oeste de Europa.

De su historia milenaria, Polonia ha conservado la herencia de una rica cultura cuya diversidad se ha formado a través de las influencias del este y oeste de Europa. Éstas se intensificaron principalmente en el último periodo del Medievo, cuando el país empezó a convertirse en una potencia a nivel europeo. Fue entonces cuando los polacos comenzaron a viajar en gran número para realizar estudios en las universidades alemanas e italianas, difundiendo a su vuelta los conocimientos adquiridos y alentando las mutuas relaciones políticas y culturales. En el periodo de mayor florecimiento, que hay que asociarlo con el reinado de la dinastía Jagellón y la unión con Lituania, y que fue llamado, con toda razón, el „siglo de oro”, estos vínculos se hicieron todavía más estrechos. Muchos artistas y eruditos occidentales se relacionaron de un modo permanente con la corte polaca, trabajaron en las mansiones de los magnates y en las ciudades, creando grandes obras de arte que maravillan por su maestría y belleza. En los territorios fronterizos del este de la gran Polonia prevalecían las influencias orientales, no sólo de Rusia y la religión ortodoxa, sino también del Islam, ya que Polonia limitó durante mucho tiempo con la lejana Turquía. La República de los distintos pueblos tuvo su declive a finales del siglo XVIII, pero quedó la tradición de una historia común, la cultura y del mosaico multicolor enriquecido con la cultura plebeya del campesinado polaco, conservada hasta hoy día. En el periodo de decadencia y de los repartos, los polacos, a menudo tras insurrecciones fallidas, emigraron al oeste de Europa.

Precisamente allí, y no en el país sometido, floreció la auténtica vida intelectual y cultural. El mayor número de obras del romanticismo polaco se crearon en París, o durante los viajes a Italia.

Ahora, cuando está más avanzado el proceso de ampliación de la Unión Europea, merece la pena recordar que los países de Europa central no son cuerpos extraños en el organismo de Europa.

La tradición europea aún permanece viva en la historia, la cultura y el arte polacos. Los grandes personajes, las obras que nos han dejado, el patrimonio literario y científico constituyen hitos particulares en el camino de unos vínculos comunes, que poseen una gran importancia en el pasado y una enorme influencia en la actualidad.